sábado, 16 de enero de 2010

La Primera



Me alisté con esmero y pasión. Tomé esos viejos armatostes que partían desde la plaza San Martín rumbo al Trocadero (nombre extraído de la vieja plaza parisina que alberga a la Torre Eiffel y que décadas pasadas también albergó a carnosas féminas que se vendían al mejor postor). La sensación que inundaba el interior del raído auto era de angustia por llegar al destino final. Miradas nerviosas y suspiros, aplacados por los gritos de los “llenadores”, se sucedieron hasta llegar al antiguo bulín del Callao. Allí me encontré con un ramillete de señoras, opacadas en su belleza por la escasa iluminación, o quién sabe.

Mi amigo, el que me inquietó a la aventura, me extrajo de ese pabellón y me llevó al contiguo que sí mostraba carnes apetecibles, aunque siempre enmascaradas en tenues luces rojas que ayudaban a encender la pasión. Me impresionó una retahíla de jóvenes apostados junto a una puerta que tenía adherida una placa plástica que anunciaba a “la charapa”. Dije para mis adentros qué rica debe ser esa mujer y cuánto placer habrá otorgado a simples mortales como yo. En fin, debía seguir buscando, hasta que hallé lo que buscaba: una opulenta y bien despachada tía que prometía enseñarme los escarnios del sexo y el ansiado clímax. La tuve y contuve por unos 20 minutos hasta que empezaron los imprevistos. El lívido se esfumó cuando la mujer bien despachadita apenas me insinuó que debía apurarme. Allí descubrí que era incapaz de trabajar a presión. La excitación se fugó por el vertedero y fui incapaz de sostener más la faena. En suma todo se fue al diablo. Pero el escarnio debía merecer una revancha y es así como planeé una vida lasciva, aunque controlada, que me conduciría por las más fervientes y desenfrenadas vías del placer que pronto les detallaré.

No hay comentarios:

Publicar un comentario